La «señorita» Stevens y el cromosoma Y

26 May
Mercè Piqueras
Mercè Piqueras

Nettie Maria Stevens (1861-1912) pertenece a «la otra mitad de la ciencia»: una mitad formada por las mujeres que a menudo la historia ha olvidado. La necrológica elogiosa que le dedicó la revista Science se refiere a ella como Miss Stevens, aunque tenía un doctorado y el centro donde trabajaba (Bryn Mawr College) había creado una cátedra para ella. Stevens investigó en varios campos de la biología, pero su trabajo más destacado es sobre la determinación cromosómica del sexo.

Al terminar los estudios de magisterio en la Escuela Normal de Westfield (hoy Universidad Estatal de Westfield), en Massachusetts, Stevens trabajó como maestra y bibliotecaria. Pero uno de sus profesores, discípulo del gran naturalista Louis Agassiz, despertó su interés por la biología. En 1896, con 35 años, se fue a estudiar a la Universidad de Stanford (California), una institución moderna, que admitía mujeres y permitía elegir las asignaturas a los estudiantes. Además, la matrícula era mucho más barata que en las universidades de Nueva Inglaterra, donde ella vivía. Se graduó en 1899 y, en su primer artículo, basado en la investigación de su máster, describía dos nuevas especies de protozoos y también cambios en los cromosomas durante la división celular.

En 1900 se trasladó a Bryn Mawr College, un centro de Pensilvania reconocido por la investigación en citología. Thomas H. Morgan, destacado investigador en genética, evolución y embriología (recibió el premio Nobel de Fisiología o Medicina en 1933) dirigió su tesis doctoral. Mientras hacía la tesis recibió sendas becas para realizar estancias en Alemania (Universidad de Würzburg) e Italia (Stazione Zoologica Anton Dohrn, en Nápoles). Al doctorarse continuó en Bryn Mawr College dando clases e investigando.

La hipótesis de que el sexo podía estar determinado por un cromosoma que era diferente de todos los demás –entonces le llamaban «el cromosoma accesorio»– ya había sido sugerida en 1902 por Clarence E. McClung (1970-1946), pero fue Nettie Stevens quien lo probó con sus experimentos. El primer artículo sobre el cromosoma accesorio, publicado en 1905, era un cuidadoso estudio citológico con 241 dibujos de lo que veía a través del microscopio hechos por ella misma. En ellos se demostraba claramente que, en todos los óvulos examinados del coleóptero Tenebrio molitor, había 10 cromosomas de igual tamaño, mientras que los espermatozoides podían contener un juego igual como el de los óvulos –es decir, 10 cromosomas de igual tamaño–, o bien 9 de igual tamaño y uno más pequeño (ver figura 186 y 187 de la imagen). En el primer caso (todos los espermatozoides de igual tamaño), se originaban siempre hembras, mientras que en el otro (con uno más pequeño) el resultado eran machos. Además, las células somáticas (no reproductoras) de los machos tenían siempre ese cromosoma más pequeño.

Algunas de las ilustraciones de Stevens

Stevens - figura 1

Al tiempo que Stevens, y trabajando de forma independiente, Edmund B. Wilson (1856-1939) describió un dimorfismo similar en los espermatozoides de insectos. Entre ellos no hubo rivalidad ni ninguno de los dos se atribuyó la prioridad del descubrimiento. Sin embargo, muchos textos lo atribuyen solo a Wilson, aunque él mismo, en el artículo en la revista Science que describía sus observaciones, dice: «… uno de los cromosomas en el macho es mucho más pequeño que el correspondiente de la hembra (hecho que concuerda con las observaciones de Stevens en el coleóptero Tenebrio)».

Desgraciadamente, la carrera científica de Nettie Maria Stevens fue breve. Murió en 1912, a los 51 años, de cáncer de mama.

Nettie Maria Stevens

Bibliografía

Studies in spermatogenesis with special reference to the “accessory chromosome.” Artículo de Nettie M. Stevens, de 1905, que describe el estudio que confirmó que el sexo venía determinado por un cromosoma que en los machos era diferente. Disponible en el Proyecto Gutenberg

Nettie Maria Stevens (1861-1912): Her life and contributions to cytogenetics.
Marilyn Bailey Ogilvie & Clifford J. Choquette.
Proceedings of the American Philosophical Society, 1981, 125:292-311

Entrada elaborada por Mercè Piqueras (@lectoracorrent), bióloga, dedicada a la divulgación, la edición científica y la traducción.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.